La doctora Carolina Meloni, profesora de la Facultad de Artes y Comunicación, es la investigadora principal del grupo Irina Khov, un espacio creado para introducir la perspectiva de género en el análisis crítico de los medios de comunicación. Irina Khov es un espacio para la reflexión y el análisis del papel de la mujer en los medios, desde los estereotipos que nos venden hasta las desigualdades sociales y culturales que se fomentan desde la comunicación.

P.¿Qué es el grupo Irina Khov?

R. El grupo Irina Khov surge de un proyecto de investigación que hemos pedido varios profesores de la Facultad de Arte y Comunicación. Es un proyecto de Género y Comunicación y nos hemos constituido como grupo para crear un seminario de pensamiento crítico, de crítica cultural y de crítica de los medios de comunicación desde la categoría de género.

P.¿Cómo surge la idea de este proyecto?
R. Surge de la necesidad de crear un espacio para el pensamiento crítico, surge también de la idea de varios profesores que ya tienen una experiencia en temas de género, por ejemplo el profesor Aarón Rodríguez hizo su tesis doctoral sobre la concepción de la masculinidad en Bergman; el profesor José Barrero pidió un proyecto de investigación sobre deporte femenino; yo misma que soy la investigadora principal ya llevo unos cuantos años trabajando en teoría feminista y en pensamiento feminista; también el profesor Julio Díaz tiene experiencia en cuestiones de género. Era como una necesidad desde distintas disciplinas para crear un espacio de pensamiento para abordar el tema de los medios de comunicación pero desde la categoría del género.

P.¿Por qué el nombre de Irina Khov?

R. Irina Khov es un personaje complejo que nos ha servido a nosotros como excusa para crear este grupo. Irina Khov es una artista que perteneció a la vanguardia rusa del constructivismo y nos gustaba la idea por varias razones. En primer lugar porque Irina Khov representa casi todo lo que puede significar una vanguardia artística en el sentido de transformación de la vida, de pensar el presente y en el sentido de integrar múltiples disciplinas, que yo creo que en el fondo es un poco el espíritu que quiere tener esta nueva Facultad, la Facultad de Artes y Comunicación. Por otra parte es una figura olvidada, casi nadie la conoce, nadie sabe de esta mujer, ha sido eclipsada por otras figuras claves del constructivismo con lo cual la cuestión del género de muchas mujeres que han sido olvidadas por la historia también nos servía. Pero básicamente para nosotros Irina Khov es una especie de juego o de artificio textual, de metáfora de lo que quiere representar nuestro grupo.

P. ¿Por qué consideran que es tan importante el debate de género y comunicación dentro de esta facultad?

R. Yo creo que en la sociedad actual es importante el debate de género en todos los ámbitos. En nuestra facultad concretamente yo creo que sí hacía falta un grupo de debate sobre cuestiones de género relacionado con medios de comunicación. Este es un debate muy importante que está presente en casi todos los aspectos de la sociedad y fundamentalmente en la universidad con todo lo que es el nuevo espacio de educación superior, pues casi todas las universidades están incorporando asignaturas transversales sobre género para luchar contra las desigualdades. También la nueva Ley de Igualdad que se ha puesto en marcha en España no exige pero si recomienda la introducción de asignaturas de género en las universidades y que se fomente la investigación de este tema que lleva una reflexión sobre lo que somos, lo que queremos ser y la sociedad que estamos construyendo.

P. ¿Qué actividades piensan desarrollar en el marco de este proyecto?

R. El proyecto se ha pedido para dos actividades fundamentales; una es crear el grupo Irina Khov que va a funcionar como un seminario permanente, nos vamos a reunir una vez al mes con sesiones abiertas para alumnos y profesores y en cada sesión un miembro del grupo va a proponer un tema, por ejemplo ahora empezamos con la ponencia de Aarón Rodríguez sobre la trilogía de Millennium; en Abril y Mayo tendremos otras sesiones de las que iremos informando y a finales de Octubre comenzaría una segunda fase del proyecto que son unas jornadas sobre género y comunicación con grandes personalidades de este tema como invitados, para recoger lo que iremos trabajando en los seminarios.


Dr. Aarón Rodríguez Serrano
Uno de los síntomas más evidentes del malestar ideológico que rodea al sujeto contemporáneo es la peligrosa censura que parece haberse establecido sobre ciertas palabras. Mientras se escancian generosamente una batería de términos que parecen por momentos sacados de la neo-lengua de Orwell (el tan manido género, desviación políticamente correcta del término sexo) se bloquea el acceso a otros términos mucho más necesarios para el sujeto como alma, Ley, sacrificio o goce. ¿Por qué nos dan tanto miedo estas palabras? ¿Por qué parecen sonar a una especie de orden arcaico opresivo perdido en la noche de los tiempos que nada tiene que ver con esa aparente libertad de la que se beneficia el sujeto postmoderno? Y si, efectivamente, el exilio de esos términos nos ha bendecido con una sociedad mejor y más libre, ¿por qué demonios se sigue manteniendo ahí la angustia, la incertidumbre, la psicosis? Dicho con otras palabras: ¿por qué nos cuesta tanto relacionarlos con el Otro?

Si algunas palabras son discriminadas del lenguaje es, necesariamente, porque incomodan al sujeto, porque generan efectos extraños al ser pronunciadas. Pero, según el psicoanálisis, esa es precisamente la única manera de encontrar una cura: la de pelear a toda costa una Palabra que sea lo suficientemente fuerte como para integrar nuestros miedos, nuestras derivas, nuestro horror. La Palabra, cuando realmente se articula en su dimensión perfecta –la dimensión que salva al sujeto, que nos salva- es siempre radical, absoluta, todo nuestro universo parece pender de ella. Por ejemplo, nada hay tan simbólico, tan arriesgado y decisorio como una carta de amor. Erik Porge afirmó: “Las palabras de amor cambian a los interlocutores y los constituyen en su amor” (1).

Y es que desde El malestar de la cultura de Freud parece osado seguir pensando que el mundo está diseñado para que nosotros lo habitemos. Mucho más allá, las relaciones entre la cultura y ese Apocalipsis que late en el corazón de los sujetos quedó al manifiesto con tanta brutalidad en la Alemania nazi que cualquier argumento sobre la hipotética bondad del ser humano debería ser automáticamente puesto en cuarentena, sometido a la duda. Quizá lo más horrible de Auschwitz no fuera simplemente esa sádica maquinaria industrial puesta al servicio del exterminio. Los que nos empeñamos en defender contra viento y marea la unicidad del horror nazi, la imposibilidad de compararlo con ninguna otra catástrofe histórica (presente o pasada) cada vez encontramos más argumentos para esgrimir contra aquellos que se empeñan en comparar Ramala, Rwanda o cualquier otro conflicto con las factorías dementes de Birkenau. Por ejemplo, la existencia de los llamados “comandos del goce”, aquellos burdeles situados en el corazón mismo de los campos de exterminio, aquellos espacios inhabitables en los que se conjuraba un encuentro físico del todo imposible, siempre bajo la atenta mirada del guardia de turno.

Así, y tantos años después de la liberación de los campos, vivimos en una sociedad saturada de imposiciones de goce y situada en plena deriva relativista. De tal modo, el Super-yo (se recomienda siempre la lectura del Seminario 20 de Lacan) ha acabado por ocupar el lugar de toda ley simbólica, proponiendo un único imperativo: ¡Goza! Hagan el ejercicio y vean diez minutos de la publicidad emitida en cualquier franja horaria. Lo que está en juego en el nuevo sistema audiovisual no es sino la propagación del goce, un goce del todo imposible de asumir por el sujeto.

De ahí precisamente que, en nombre de las leyes de este nuevo sistema, las relaciones entre el sujeto, su deseo, su amor y su goce se encuentren cada vez más enredados en una maraña en la que se anida, simple y llanamente, la presencia de lo psicosis. Recuerden, por ejemplo, una cinta tan traída y llevada como Avatar. ¿De qué se habla, en el fondo, sino del horror del cuerpo real, sino de la tentación de realizar un escapismo imaginario para gozar completa y virtualmente? Recuerden también Shutter Island y esa precisa conexión entre los monstruos de Occidente, los cadáveres de la maquinaria nazi y la psicosis del sujeto.

Nuestra investigación ha pretendido pasearse por esos territorios limítrofes y por eso ha resultado ser un ejercicio incompleto, frustrado, siempre mejorable. La conferencia propuesta para el Grupo Irina Khov tuvo esa fragilidad de las cosas recién empezadas, del boceto en el que se intuye ya la silueta de lo monstruoso, y por eso mismo, nadie mejor que los alumnos para señalar las fallas, los puntos negros, las puestas-en-abismo. Por eso mismo no nos gustaría que nadie pensara que lo ocurrió allí en la Semana de la Comunicación fue una única conferencia. Antes bien, fue una provocación, una inmensa equivocación con vistas a convertirse en Verdad, en Palabra, en asidero para el sujeto.

REFERENCIA

(1): PORGE, Erik, Jacques Lacan, un psicoanalista. Recorrido de una enseñanza, Editorial Síntesis, Madrid, 2000, p.80


























































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